viernes, 28 de diciembre de 2012

Sí, se puede


En mi particular versión del Cuento de Navidad de Dickens, mi fantasma de las Navidades pasadas es caja llena de noes de editoriales. Y el de las Navidades futuras, una caja llena de ejemplares de las tres novelas que publicaré a lo largo de 2013. Y, precisamente por eso, porque he vivido la angustia que padece todo autor cuando cree que sus textos jamás verán la luz, me he decidido a escribir este post, a medias entre la catarsis autobiográfica y el regalo navideño, con el fin de animar a todo aquel que tenga una voz propia a que no deje de luchar por compartirla.
Confieso que, en un primer momento, guardé aquellos noes con afán revanchista. “Se arrepentirán”, pensaba, y almacenaba esos sobres con la confianza de que, en algún momento, llegaran a convertirse en el ansiado sí. Hoy, tiempo después, no queda nada de esa supuesta -e infantil- venganza, sino la sensación de que llegar hasta aquí -hasta donde quiera que sea el lugar en el que me encuentro ahora- es producto de muchos años de trabajo, de lucha y, sobre todo, de tenacidad. Porque si hay un primer cómo para conseguir ese sí de una editorial, ese cómo es la obcecación.
¿Y más cómos concretos? Sería estupendo poder facilitar una guía infalible de pasos que seguir para lograr la publicación de un libro, pero ni siquiera los que ya tenemos unos cuantos títulos en nuestro haber podemos garantizar que nuestra siguiente obra vea la luz. Evidentemente, el inicio es lo más difícil, pero los pasos que le suceden tampoco resultan mucho más sencillos. Pero, en cualquier caso, sí tengo claro qué es lo que, en mi caso, me ha ayudado a conseguir que mi fantasma de las Navidades futuras se haya venido hasta mi casa con tres novelas nuevas bajo el brazo. Y ese qué se resume en estos cómo:
No hay que conformarse con leer, releer y corregir nuestro texto mil veces. Es e imprescindible dárselo a alguien de nuestra confianza. Eso sí, ha de ser alguien con criterio y capaz de decirnos la verdad -nos guste o no oírla- para que haga las veces de un posible editor. Necesitamos un amigo, confidente, compañero, pareja, ex o enemigo -por qué no- que lea nuestro texto con atención y que lo analice con bisturí: incoherencias, errores de estilo, elementos innecesarios, interés o desinterés de la propuesta… En ese sentido, el primer paso para publicar es dominar el ego y asumir que la literatura es un proceso. Cuanto más receptivos seamos a la crítica, más creceremos en lo que escribamos.
- Al corregir, es importante tener en cuenta que, en muchos casos, las primeras páginas de nuestro manuscrito serán determinantes. Por mi experiencia profesional como editor, sé bien que en ocasiones se decide si se estudia o no la publicación de un libro por el interés que despierte en su capítulo inicial, donde -a menudo- se encuentran muchos de los rasgos de la identidad de la novela.
- Una vez depurado el texto, el envío masivo a editoriales tampoco es una gran medida. No todas tienen el mismo tipo de catálogo y es necesario que echemos un vistazo antes a su línea de publicaciones, para saber si podríamos encajar o no en su apuesta literaria.
- Y si individualizamos los envíos, nada mejor que individualizar también la carta con que acompañemos cada uno de ellos. Claro que da pereza no contar de un solo modelo para todas las editoriales a las que queramos dirigirnos, pero es importante que sepamos presentar bien nuestro texto: por qué a ellos y qué les ofrecemos. Es mucho más fácil rechazar algo que nos llega sin referencias que algo donde se nos explica por qué motivo ha de interesarnos.
También se puede optar por la vía de los certámenes, sin duda, aunque es bueno ser sensato y reflexionar sobre cuáles son abiertos y cuáles, lamentablemente, están más que pactados y cerrados. No podemos llevarnos a engaño y creer que los segundos no existen cuando, en nuestro mundo editorial, son una práctica (demasiado) común. En mi caso, por ejemplo, tuve la osadía de presentarme al Nadal con La edad de la ira y, de repente,  me enteré de que había sido el tercer finalista aquel año. No gané, claro, pero llegué a una posición impensable para un autor casi novato y gracias a aquello fue posible que La edad de la ira acabara publicada en Espasa. Y es que, a menudo, lo bueno de presentarse a tal o cual certamen no solo es ganarlo, sino las posibilidades que se pueden abrir con él.
- Por otro lado, ahora mismo publicar un libro supone, a la vez, garantizar una cierta plataforma para comunicarlo cuando esté en el mercado. Y, en esta sociedad 2.0., esa plataforma puede ser muy diversa y, sobre todo, mucho más democrática que hace unos años. Es obvio que tienen ventaja en esa comunicación aquellos que controlan los medios tradicionales -televisión, radio, prensa-, pero gracias a blogs, Twitter, Facebook, YouTube y un sinfín de plataformas, quienes estamos alejados de esos círculos podemos crear nuestras propias sinergias. Y hacernos nuestro hueco.
Fundamental, sin duda, garantizar y promover un contacto directo con los lectores. Fomentar la comunicación y, cómo no, el feed-back. Comentar, debatir, interesarnos mutuamente y no plantearnos esa comunicación como una autoventa, sino como un intercambio sincero. Y, si tienen tiempo y ganas, creen su propio blog, dejen que las editoriales conozcan su estilo y sus intereses. Abran nuevas vías. No serían los primeros autores contratados por una editorial tras leer unos posts interesantes en la blogosfera.
No hay fórmulas mágicas, pero sí hay opciones. Sí hay posibilidades. Y, sobre todo, sí hay vías para conseguir ese “sí quiero” que tanto ansía todo autor novel. Y no se crean que pretendo, únicamente, dar ánimos o convencerles de una fantasía navideña literaria cualquiera. En absoluto. Solo pretendo demostrar que, si son tenaces, si realmente tienen una voz que quieran compartir, si de verdad están dispuestos a dejarse la piel intentándolo, antes o después esa caja de noes -y las decepciones que trajeron consigo- será historia pasada. Y sus libros, con toda la emoción que ello conlleva, historia futura.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cómplices

Cuando borramos, como si no lo hubiéramos visto, un "maricón" escrito en la pizarra.

Cuando nos reímos, como si fuera divertido, con la imitación que un niño hace del amaneramiento de otro.

Cuando pasamos en silencio, como si no lo oyésemos, junto a alumnos que llama "marica" a un compañero.

Cuando no nos preocupamos por educarles -en las aulas, en casa- y explicarles que hay muchas sensibilidades y que todas, sean cuales sean, merecen el mismo respeto.

Cuando insistimos en que algo -un color, un juguete, una prenda- es "de chicos" y otro algo -otro color, otro juguete, otra prenda- es "de chicas".

En cada una de esas situaciones somos cómplices de quien acosa. Cómplices porque no estamos poniendo medio alguno para evitar que ese acoso se repita y, sobre todo, porque no estamos educando para que entiendan por qué ese odio, nacido de la ignorancia, es un terrible y triste sinsentido.

Quien mira hacia otro lado es tan responsable como quien acosa, porque ambos están haciendo posible que se discrimine e insulte a quien, en plena adolescencia, es doblemente vulnerable. No solo por las dudas que trae consigo -sea cual sea la orientación sexual- esa edad, sino por la confusión que supone asumirse diferente a lo que la sociedad considera -horrible palabra- "normal". Y en ese proceso -que, les aseguro, puede llegar a ser profundamente doloroso: no es fácil tener un primer encuentro con uno mismo a los trece, catorce o quince años- dar con alguien que se burla de nuestra identidad es una forma de minar esa cualidad -tan débil en todo adolescente- llamada autoestima. 

Podemos creer que el problema no existe. Que la homofobia es un recuerdo de un mal pasado. Que las nuevas leyes han hecho que todo cambie. Pero no es cierto. La ley nos da un marco jurídico, pero no social y cotidiano. La discriminación no se puede abolir a través de leyes, sino de educación. Porque puede que haya leyes que permitan que gays y lesbianas nos casemos, sí, pero eso no tiene nada que ver con la mueca de disgusto del tipo de al lado, ni con el "maricón" escrito en la pizarra, ni con el "bollera" gritado con desprecio. Eso no tiene nada que ver con las burlas en el patio, ni con los mensajes ofensivos en Facebook o en Tuenti, ni con las bromas de mal gusto que hacen que quien se siente diferente, pase a sentirse -directamente- anulado. 

Por eso, hoy, vuelvo a escribir sobre un tema en el que llevo años implicado. En mis blogs, en mi teatro, en mis novelas -de qué hablaba, si no, La edad de la ira-, en mi día a día como docente, en mi día a día fuera de las aulas. Me empeño en hacerme visible porque creo que esa visibilidad, aunque a veces no siempre sea sencilla, nos hace fuertes. Y sirve de modelo y de referente para quienes necesitan darse cuenta de que ser diferente es lo normal y de que todos, sea cual sea nuestra identidad sexual, lo somos.

Y vuelvo a escribir sobre este mismo tema en una mañana como la de hoy, mucho más triste que las anteriores, una mañana en la que hemos amanecido con el suicidio de Andrea. Andrea tenía quince años. Y le gustaba vestir un pantalón rosa. Tan simple como eso. Lo demás, es una triste y conocida historia de acoso. En las redes y fuera de ellas. Una historia que se repite con más frecuencia de la que queremos creer aunque solo conozcamos los casos que, como la historia de Andrea, tienen un desenlace trágico. Una historia de la que no podemos ser nunca cómplices y que, entre todos, sí podemos frenar. 

El odio y la violencia no deberían tener jamás segunda parte. Los pantalones rosa, sí.

A todos los Andrea que sufren o han sufrido acoso... No estáis solos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El morbo de la literatura


Dans la maison es, ante todo, una reflexión sobre la esencia voyeurística del hecho literario. Claro que se habla de otros muchos temas pero, en realidad, todos ellos aparecen bajo ese mismo prisma, analizados desde el juego de voces narrativas que plantea la película y donde, como el propio personaje de Luchini afirma, los espectadores nos convertimos en el sultán al que distrae la bicéfala Sherezade nacida del dueto Ozon-Mayorga.

De Ozon es el talento cinematográfico y la habilidad para convertir una obra teatral en una película más que destacable -merecedora de la Concha de Oro en San Sebastián- y de Mayorga, el mérito de haber creado una magnífica obra teatral -El chico de la última fila- en la que se plantean las grandes cuestiones que alimentan el film.

Aunque habría agradecido que la película obviase algunos giros un tanto excesivos en su último tramo -pese a lo acertado del hitchcockiano plano final-, Ozon respeta con acierto la esencia del texto original y nos permite preguntarnos hasta qué punto el creador no es más que un sádico voyeur, decidido a colarse en las casas ajenas para poner palabras a lo que todos vemos y no siempre estamos dispuestos a contar. El lector, por tanto, tampoco estaría libre de responsabilidad, pues su necesidad leer tendría que ver con su voluntad -igualmente morbosa- de irrumpir en esas mismas casas. 

También se reflexiona sobre el punto de vista -cómo alteraremos los hechos según la voz que escojamos- o sobre las formas del discurso -qué hace que un relato sea buena o mala literatura-, pero más allá de cuestiones técnicas, se plantea un perverso debate sobre la posible amoralidad del hecho literario, incidiendo en cómo los escritores y lectores acabamos inmiscuyéndonos en las vidas ajenas. Las  vidas de esos seres -a menudo más reales que la realidad misma- llamados personajes.

Por eso, en cierto modo, la literatura no sería un acto inocente. Como tampoco lo es el adolescente protagonista, Claude García, interpretado con turbia elegancia por un magnético Ernst Umhauer. Al igual que Claude, los autores vampirizamos las vidas de quienes nos rodean para alimentar la curiosidad de nuestros lectores, cómplices tan sedientos de irrealidad como quienes nos esforzamos por crearla.  Y lo más inquietante es que, tal y como le sucede a Claude, nunca sabremos cuál es el efecto final que tiene ese esfuerzo. Jamás conoceremos cuál es el  verdadero alcance de nuestras palabras en manos de cada lector, cómplice en este acto -adictivo y morboso- que es la literatura.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Bi, homo, hetero

A menudo, cuando me entrevistan sobre mis novelas o mis obras de teatro, me preguntan por qué en todas ellas aparece algún personaje homosexual. Cada vez que me hacen esa pregunta, no puedo evitar pensar que todavía nos falta mucho para alcanzar un estado de verdadera normalidad, pues no me imagino que en esas mismas entrevistas se le pregunte a un autor por qué en sus obras aparecen siempre personajes heterosexuales, por ejemplo. Algo así como "¿Por qué en todas tus novelas hay alguna mujer?" o "¿Por qué en todas tus novelas hay al menos un niño?"

En mi caso, a la hora de escribir, intento crear un mundo que refleje, desde la ficción, nuestra realidad. Me interesa hablar del aquí y del ahora -¿qué testimonio va a dejar de nuestro mundo la literatura si todos nos abalanzamos sobre mundos mágicos y sagas épicas varias?-, reflexionar sobre qué motores mueven a nuestra sociedad y tratar de dibujar los cambios que estamos experimentando en lo que está siendo un principio de siglo difícil y convulso. Por eso, en La edad de la ira, el gran tema era la educación y la destrucción de un sistema social que, con excusas macroeconómicas, está siendo arrasado a nuestro alrededor. Y por eso, en mi nueva novela, Las vidas que inventamos, el tema es el autoengaño y la mentira: todas esas verdades que no decimos para poder seguir adelante y ocultar, con mejor o peor fortuna, los huecos que encontramos en nuestro día a día. Huecos personales, profesionales, familiares, sentimentales, económicos... Y todo, en esta sociedad que vive de la imagen y de no sé qué estándares de éxito, se convierte en espejo de otra realidad subyacente que, a menudo, ocultamos. Porque tenemos que ser los mejores en todos los frentes, como le ocurre a mi protagonista, Gaby, ahogada por las etiquetas de mujer perfecta, esposa perfecta, amante perfecta, madre perfecta, amiga perfecta y profesional, por supuesto, perfecta. 

Y en un mundo como el de Las vidas que inventamos es natural que aparezca, junto al matrimonio protagonista -Leo y Gaby, una pareja heterosexual- otro matrimonio homosexual -Hugo y Jorge-, amigos de los primeros que abordan una ruptura nada sencilla y que, aunque en un plano secundario -pero con gran peso dentro de la trama- comparten con Leo y Gaby las mismas mentiras y contradicciones que recorren todo el argumento de esta novela. No se trata de reivindicación alguna, ni tampoco de dar una nota de color al estilo de ciertas telecomedias donde se recurre al cliché gay para cubrir esa cuota de mercado -qué terrible costumbre, ¿no creen?-, sino de una realidad que me parece absolutamente natural y de la que, además, formo parte. En mi entorno, y en la sociedad en la que quiero y deseo vivir, no se pregunta a nadie por la orientación sexual, simplemente se les conoce, se les integra o no -la afinidad es algo muy personal- y, si surge, se comparte ese dato como se pueda compartir y conocer cualquier otro rasgo de su identidad.

Es cierto que en mi novela anterior, La edad de la ira, la homosexualidad de ciertos personajes era un eje temático de toda la obra. Sí, pero lo era porque uno de los temas que quería tratar era la violencia en las aulas del siglo XXI y, lamentablemente, el ejemplo de la homofobia -tema que conozco y he vivido de cerca- me permitía hacer una clara disección de ese asunto.

También aparecerá el tema de la bisexualidad en otra novela que publicaré con Baile del Sol en la primera mitad de 2013, La inmortalidad del cangrejo, reflejada en un joven que, precisamente por su edad, está investigando qué quiere ser y cómo le gustaría construirse. El descubrimiento de su naturaleza bisexual no es más que un símbolo de todos los demás momentos en que se da de bruces con el yo que es frente al yo que había imaginado que podía ser. 

En definitiva, en mis novelas hay personajes de todo tipo de tendencia, gente que ama, que desea, que se equivoca o que acierta, gente egoísta o que se entrega sin ninguna clase de tapujos, gente que solo respira a través del sexo y gente que no sabe ser más que de una manera eminentemente emocional. El hecho de que sean bi, homos o heteros es pura anécdota. Porque, personalmente, nunca he creído que exista ni el cine ni la literatura gay, igual que no existe ni el cine ni la literatura femenina. Existen el buen y el mal cine, la buena y la mala literatura. Los libros que nos emocionan y los que nos aburren, los que nos hacen preguntarnos por nuestra propia vida y los que nos conducen a lugares en los que no tenemos ningún interés en estar. Y eso no tiene nada que ver con la orientación sexual de sus personajes. Ni de sus autores. Eso solo depende de nosotros como lectores y de la capacidad que tenga para crear mundos el autor.

Y ojalá, en breve, a nadie le parezca sorprendente que una película o una novela retrate de forma explícita el sexo gay o lésbico, ni que se reflexione sobre la pareja a partir de la historia de amor de dos hombres o de dos mujeres. Qué más da... Brobeback mountain no es genial porque sea un drama protagonizado por dos hombres, sino por cómo narra un amor imposible, secreto y doloroso entre dos personas condenadas a necesitarse con la misma fuerza con la que han de mantenerse alejados... A fin de cuentas, las etiquetas -bi, homo, hetero- siempre nos limitan y, por eso, no creo que haya más etiqueta posible que la de persona. El resto me sobra.

Por mi parte, estoy ya deseando poder compartir Las vidas que inventamos -que, según me decían esta semana, llegará a las librerías el 22 de enero de la mano de Espasa- y acercaros hasta el mundo de Gaby y de Leo, un mundo donde nada es exactamente como ellos nos lo cuentan. Ni siquiera es como ellos intentan contárselo a sí mismos...

domingo, 28 de octubre de 2012

Todos somos novelistas

Escribir solo es el principio. 

Podría parecer que la creación de la novela es el momento esencial en la vida de un autor, pero -en el fondo- es solo una pieza dentro del complejo engranaje que permitirá que esa obra llegue al público.

No basta con construir una historia, ni con internarse en ella con toda la sinceridad y la pasión posible, ni siquiera con el aislamiento que trae consigo la escritura y que nos obliga a convivir con nuestros personajes mientras alejamos -a veces más, a veces... mucho más- a quienes conviven -fuera de la página- con nosotros. Todo eso es solo una parte, el inicio de un proceso que no acabará hasta que el libro llegue a las manos de alguien que, por el motivo que sea, lo ha elegido entre todos los demás para leerlo.

Y para que esa elección se produzca es necesario cuidar detalles tan diversos como el diseño de la cubierta, y la redacción del texto de la contra, y la comunicación de la obra, y la presentación en medios, y las respuestas en las entrevistas -contar sin destripar, atraer sin desnudar-, o la consecución de esas supuestas entrevistas -¿cómo llegar a hablar de algo sin que sepan que ese algo existe?-, y el interés de la crítica -si es que lo tiene-, y la curiosidad de la prensa -si es que se dejan-, y la fe de los comerciales, distribuidores y libreros -que, en tiempos de crisis, no siempre pueden arriesgar como quisieran-, y  -por último- vencer la desconfianza del lector que aún no nos conoce y que debemos persuadir para que rescate nuestro título de la mesa de las novedades.

Ahora, cuando ya solo me quedan dos meses para el lanzamiento de Las vidas que inventamos, empiezo a sentir la urgencia -y la responsabilidad- de todo ese viaje. Así que he decidido volver a internarme en la vida de mis dos personajes para conocer, ahora desde el otro lado, cómo es esa vida que ambos sé que se inventan. La vida de ella, Gaby. La vida de él, Leo. Y confío en que ese viaje me permita encontrar las palabras adecuadas para comunicar su historia. Para acercar su aventura personal a esos lectores que me gustaría que vieran en este matrimonio un reflejo de las máscaras que todos construimos para hacer afrontable nuestra existencia.

En solo unas semanas, y en este mismo blog, compartiré con quienes por aquí pasáis la cubierta definitiva de esta novela. Una imagen que resume, con absoluta precisión, los grandes temas que he intentado tratar. Que ahora, como lector, estoy redescubriendo. En este post podéis ver ya una parte de ese diseño: la noche y los faros de un vehículo que aluden al thriller con el que arranca la novela y sobre el que , en adelante, girará toda la trama. Pero, en esa parte de la cubierta que aún me reservo para un próximo post, se ilustran otros ejes esenciales en esta novela, como la incomunicación en la pareja protagonista, que les llevará a buscar nuevas formas de satisfacción. O la mirada que escondemos del otro -y, sobre todo, de nosotros mismos- para poder seguir inventándonos sin que la verdad se interponga en nuestro camino. 

Ahora, gracias a esta relectura -qué raro se hace verse desde fuera-, me doy cuenta de que esta es una novela llena de acción -seguramente sea el texto que he escrito donde pasan más cosas...- y de un elemento que, hasta ahora, había reservado solo a mis obras de teatro: el humor. Un humor negro a veces, cínico otras, cotidiano e irónico casi siempre. Humor que nace de la contradicción en que vivimos en esta sociedad contemporánea donde tenemos que serlo todo a la vez y en grado máximo: parejas perfectas, profesionales perfectos, padres perfectos, amigos perfectos, familiares perfectos. Un humor que nace de cómo se rompen las costuras de tanta perfección a cada paso que damos o de cómo las remendamos para que esa rotura no se vea.

En pocos textos -lo confieso- me he divertido y emocionado tanto como escribiendo Las vidas que inventamos -porque me enamoré de Gaby y de su valor, porque tengo debilidad por el canalla que encierra Leo-, y por eso ahora, en estos meses previos a su llegada a las librerías, esto poniendo tanto mimo -y tanta ilusión- en acercar a ambos personajes a sus posibles futuros lectores. A quienes, como ellos, también siguen inventado -y ahora, en esta crisis, más que nunca- su día a día.

Por eso, supongo, escribir no tiene mucho mérito. Porque todos somos novelistas -queramos o no- de nuestra propia vida.


viernes, 12 de octubre de 2012

Un salto posible

Este otoño presento nuevo libro teatral: Saltar sin red, publicado -al igual que mi monólogo Tour de force- por Ediciones Antígona.

Como me sucede con cada texto que escribo, ya sea teatro o novela, Saltar sin red también ocupa un lugar muy especial en mi trayectoria como autor, tanto por las emociones que he intentado volcar en ella como por el momento -este difícil ahora- en el que llega a las librerías.

Saltar sin red es, en cierto modo, mi obra más joven, tanto por la edad de sus protagonistas, como los temas que se abordan en ella. Seis personajes que acaban de cumplir los veinte y que están llenos de dudas ante su futuro. Seis jóvenes que deciden reunirse y fundar una asociación en la que, sin darse cuenta, acabarán definiéndose a sí mismos. Dibujando las personas que son y que, a veces sin pretenderlo, van a ser. Seis voces que quieren hacerse oír en un contexto -este 2012- que prefiere el silencio y la sumisión.

Por eso, porque estamos en tiempos convulsos en los que creo que la cultura no puede permanecer ajena a la defensa de un sistema social que otros pretenden destruir, me emociona especialmente que Saltar sin red llegue en  breve a las librerías. Porque en ella, con toda la humildad del mundo -y seguro que con muchos errores-, he intentado reflexionar sobre temas como la fidelidad a uno mismo, la importancia de la solidaridad o la necesidad de construir unos principios sólidos que nos permitan luchar -juntos y todos a una- contra la maquinaria impersonal que pretende devorar lo que ha costado tanto tiempo y esfuerzo construir. Una obra que apuesta por la necesidad de ese salto, que reivindica la necesidad de no cruzarse de brazos y que da un voto de confianza absoluto a una generación a la que he conocido -y conozco- en mis aulas de Bachillerato, y  de quienes me consta que puedo esperar un compromiso, una implicación y, sobre todo, un aliento crítico que quizá no ha tenido la mía.

Saltar sin red no es más que una obra de teatro, una comedia agridulce de seis personas que buscan una identidad en medio de una crisis donde no hay tiempo más que para buscar un refugio y una respuesta -individual y pragmática- a este continuo sálvese quien pueda. Pero confío en que este texto caiga en manos de lectores jóvenes -cuanto más mejor- y que les haga pensar que ese salto, esa acrobacia que no quieren que hagamos, sí es posible. Aunque sea sin red.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Por qué escribir hoy?



Literatura, novela, teatro, educación pública, compromiso... Un vídeo en el que intento expresar -con toda la honestidad posible- mi opinión sobre algunos de los temas que me inquietan. Y que, para bien o para mal, creo que me definen... Comparto con vosotros esta entrevista concedida con motivo del -ya casi inminente- lanzamiento de mi nuevo libro teatral, SALTAR SIN RED (Ediciones Antígona). En cuanto sepa sus fechas de presentación -habrá literatura y vino-, las comunico también en este blog: ¡estáis todos invitados!